En términos tan llanos como prácticos, la vida es tiempo; es decir, años, meses, días, horas. Entre todas las convenciones que hemos creado para entender mejor nuestras vivencias de días y noches, a veces olvidamos que esas 16 ó 18 ó 20 horas en que estamos despiertos durante cada jornada están compuestas de valiosos minutos, que caen como, permítanme la comparación, soldados que ofrecen su vida por cada uno de nosotros.
Minutos que, por cierto, no volverán.
Precisamente por esa unicidad de cada instante no debemos distraernos. Es una vida la que cada cual tiene en sus manos, un conjunto de momentos en los que podemos destruir, construir, levantar, influenciar en otros o provocar cambios favorables en uno mismo.
Está claro que muchos no saben administrar sus finanzas, y quizá es justificable si aceptamos que no todos tienen las nociones mínimas de planeación o ahorro. Pero en cuestión de tiempo, las cosas son más sencillas: vivimos en una comunidad donde todos dependemos de todos, donde nuestras acciones están sujetas a un tiempo, y ese tiempo corre mientras nos quedamos mirándolo.
Y lo peor es que no todos tenemos asegurados la vejez. Es más, ni siquiera los minutos del próximo día o la próxima hora.
Por eso administrar el tiempo es administrar la vida.
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